La suerte está echada en el Magreb.

Los Brutos y Casios del Magreb se han levantado al fin contra sus Césares. Con la expulsión de Ben Ali de Túnez se ha creado un efecto dominó de consecuencias imprevisibles, y que tiene nerviositos perdidos a los propios servicios secretos norteamericanos, que seguramente no lo debieron prever y que por tanto no han metido mano para dirigir las revoluciones de momento.

Y mucho mejor. En la gran mayoría de los casos históricos en los que las transiciones han sido lideradas extraoficialmente por los norteamericanos, los regímenes gobernantes han sido cuanto menos cuestionables, y generalmente dictatoriales. (Pinochet en Chile, el Shah de Iran, Sadam Hussein en Irak, y un largo etcétera). Digamos que actuar en pro de la democracia no ha sido tradicionalmente el principal objetivo de la diplomacia exterior del país norteamericano, sino asegurarse la preponderancia geopolítica.

¿Pero qué está ocurriendo? ¿Cómo ha podido la inmolación de un humilde frutero en Túnez correr como la pólvora por los países vecinos hasta convertirse en una revolución global contra el status quo? Aquí la clave es el Twitter. Si a través de la red social se unen millones de hastíos individuales ante la corrupción y la ineficiencia en el Magreb, surge una poderosa voz global, tan desesperada que está dispuesta a todo. Como decía Bob Dylan, “cuando no tienes nada, no tienes nada que perder”.

Mientras la Unión Europea observa atónita la situación desde la barrera, los EEUU pretenden efectuar un complicado malabarismo: No censurar las revoluciones, pero al mismo tiempo no apoyarlas explícitamente para evitar enfadar a sus aliados tradicionales como Mubarak en Egipto. No dirigir las revoluciones con sus propias manos, pero intentar evitar que la voluntad del pueblo se acabe concretando en un gobierno islamista radical, lo cual sería nefasto para el propio país y para el mundo.

Aunque la ola de cambio parece prometedora, recordemos que con el apuñalamiento de Julio César en el senado romano ni mucho menos se acabó con la tiranía autocrática. Su muerte sólo fue seguida por 500 años más de dictadores sucesivos.    

Sin embargo la decisión última queda en manos de cada país. Egipto, Túnez, Yemen, y posiblemente en un futuro cercano Marruecos, Argelia y Libia tienen un gran reto. El Magreb ha cruzado el río Rubicón. La suerte está echada.

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