Una miniguía para un país de bolsillo.

El tamaño no importa. O al menos eso pretende demostrar la república de San Marino, que gracias a su antigüedad tiene tanto que visitar como algunos países mucho más grandes. ¿Qué ver allí? Mucho, y te lo vamos a contar.  

San Marino, el quinto Estado más pequeño del planeta con sus 61 Km2, el tercero más pequeño de Europa tras El Vaticano y Mónaco, y la segunda república más antigua de la Historia –fundada en el 301 d.C., mientras que la romana, data del 509 a.C.–, pasa por ser también una de los países que menos ha cambiado de extensión en los últimos siglos, superficie que sigue invariable desde 1463, cuando su territorio fue reconocido como independiente por el Papa.

Además, es la única ciudad-estado republicana que sobrevive en nuestros días, y sus habitantes se enorgullecen de haber sido invadidos solo tres veces en sus diecisiete siglos de historia, y siempre por poco tiempo. La Serenísima República de San Marino redactó asimismo la primera Constitución europea, el 08/10/1600. Por todo ello el país se autodefine con orgullo como “Tierra de la Libertad”, lema que reza un cartel cuando arribamos al país desde Rímini. 

Foto: Stefano Bizzarri

Al igual que otros microestados europeos, como Liechtenstein, es un anacronismo, una pervivencia del pasado, pero a la par una realidad indiscutiblemente actual, a tenor de que forma parte del Consejo de Europa desde 1988 –sin ser miembro de la UE–, de la ONU desde 1992 y que su moneda es el euro. Por otro lado, pese a tanta autoproclamada autonomía, San Marino no puede eludir su dependencia financiera con su vecina fronteriza, con la cual mantiene lazos indisolubles más allá de lo diplomático: Italia lo considera un enclave suyo propiamente dicho, destinándole un presupuesto anual, pues por su reducido tamaño (33.000 habitantes), debe importar casi todo del exterior. Esto lo convierte, forzosamente, en un destino eminentemente turístico, en donde el 60% del PIB proviene del sector servicios. No obstante, el país recibe anualmente tres millones de visitantes que explican su alta calidad de vida y la casi total ausencia de impuestos (afectan exclusivamente a la venta de monedas y sellos para souvenirs). 

San Marino hunde sus raíces en una ermita fundada en el 301 d.C. por Marino, un cantero cristiano natural de Arbe (Dalmacia), establecido como anacoreta y milagrero junto en una cueva del monte Titano (739 m. de altitud) huyendo de las últimas persecuciones romanas –que por últimas no fueron menos duras–, las de Diocleciano. Aquel año de 301 se considera como la fecha de fundación del Estado. Más tarde, en torno a la ermita surgió un monasterio, luego un comune (burgo) similar a otras ciudades-estado italianas bajomedievales (como Florencia), de ínfimo tamaño pero que preservó su independencia gracias a su estratégica ubicación sobre aquel peñasco inexpugnable y alejado de todos.

Muchos y variopintos son sus rincones dignos de visitar. El casco antiguo medieval de San Marino –Patrimonio de la Humanidad (UNESCO)– es en sí mismo una de sus mayores maravillas: de pequeñas dimensiones y totalmente peatonal, lleno de callejuelas arropadas entre caserones y laberínticas cuestas, luce un aspecto realmente encantador. Se accede a él por la Porta di San Francesco, puerta abierta en 1452 en la tercera cinta de murallas defensivas.            

En Vía Basilicius tenemos el edificio religioso más antiguo del país: la Iglesia de San Francisco. Fundada en el siglo XIV en estilo gótico, el templo actual es fruto de varias reformas posteriores, lo que explica la intrusión de elementos barrocos en su aspecto. Fue decorada al fresco por A. Alberti da Ferrara en el siglo XV, en un estilo que anunciaba el Renacimiento, frescos hoy expuestos en su Loggia (S. XIV), sede desde 1966 de la Pinacoteca de San Marino. Museo especialmente rico en pintura religiosa, no limita sus fondos a tal temática, como se observa en la colección donada por Emilio Ambron (1905–1996).                                      

Toda estancia en San Marino debería ir acompañada de una visita a su Museo de la Tortura, el plato fuerte del país, en donde se expone un sinfín de máquinas de tortura, siniestros utensilios para macabras inteligencias. Aparte de látigos, potros y tenazas, llaman la atención inquietantes objetos como la famosa pera, útil metálico periforme que, introducido por los orificios de la víctima, causaba terribles desgarros al desdichado. El museo también ayuda a romper con viejos falsos mitos: por ejemplo, los cinturones de castidad no eran siempre impuestos por los celosos hombres a sus esposas, siendo normalmente las propias mujeres las que, en caso de ausencia del marido, recurrieran a ellos como defensa ante las frecuentes violaciones.

Un santo en la ciudad

Foto: Amy N

En Piazza Santa Ágata tenemos la Chiesa dei Capucini (S. XVI), un bronce de San Francisco de Asís (1928) de Silverio Monteguti y muy cerca el Palacio Pergami Belluzzi (S. XVII), sede del Museo Nazionale desde 1982, institución fundada en 1860 por iniciativa del conde Cibrario, ministro de Vittorio-Emmanuele II. Destaquemos sus colecciones arqueológicas egipcias y valiosas creaciones de artistas de la talla de José de Ribera. 

El Ara dei Volontari, de Gino Zani (1927), es un altar conmemorativo de los sanmarineses partícipes en las Guerras Independentistas Italianas (siglo XIX). En el contiguo Giardino Pubblico se celebra cada 3 de septiembre la Fiesta de la República, aderezada por la famosa carrera del Palio de los Ballesteros, tradición antiquísima que data de 1537. 

Una cuestecilla conduce a Piazza della Libertà, centro neurálgico del país remarcado simbólicamente por la Statua della Libertà (1896). Una de sus edificaciones de mayor interés es el Palazzo Pubblico (siglo XIX), sede del Gobierno central, con su preciosa triple arcada gótica y su orgulloso campanile. Frente a su portada, la milicia local ejecuta pintorescos cambios de guardia cada media hora. El actual edificio neogótico fue construido por Francesco Azzurri en 1894 sobre otro anterior, románico. Durante la inauguración del palacio pronunció un famoso discurso el polémico poeta Giosuè Carducci, Nobel de Literatura en 1906. En el Palazzo Pubblico se reúne el Consiglio Grande (parlamento) y el Dei Dodici (tribunal superior de justicia), en maravillosas salas cuajadas de arte. Por ejemplo, en el Salón del Consejo de los Doce sobresale una fabulosa pintura de San Marino atribuida a un discípulo del Guercino; y más arriba el salón del Consiglio Grande luce paredes ricamente decoradas, destacando el inmenso mural de Emilio Retrosi (1894) de la Aparición de San Marino ante su pueblo.

De la Basílica (1838) cabe destacar su sobrio pórtico neoclásico con escalinata, el altar con las reliquias de San Marino, y la fría pero delicada estatua marmórea del santo patrón, de Adamo Tadolini (S. XIX). Y a su derecha, la renacentista Iglesia de San Pietro (S. XVI), que conserva una peculiar capillita con los nichos de San Marino y San Leo.

Hemos dejado adrede lo mejor para el final, los referentes arquitectónicos más característicos del país: sus tres fantásticas fortalezas medievales. La primera o Prima Torre (siglo XI), también luce otros sonoros apelativos como Rocca o Guaita –derivado de fare la guardia, “hacer la guardia”–. Encaramada sobre el peñón a 751 m. de altura, sus admirables defensas despliegan dos círculos concéntricos de muros, bien adaptados al pronunciado terreno, obra del siglo XIII de los hermanos Comacine.

La Cesta o “Fratta” (siglo XIII), es la mayor fortaleza del país con sus 756 m. de altura, y uno de sus escenarios más fascinantes, auténtico nido de águilas alzado entre exuberantes bosques, recordando por momentos a los castillos de Luis de Baviera –salvando las obvias diferencias de estilo y época, claro–. Su nombre deriva de cista, “cesta”, mientras que fratta significa “rota”, debido quizás a su aspecto. Fácilmente accesible desde la Rocca a través de una callecita empinada, en su interior destaca el Museo de Armas Antiguas, entre cuyas colecciones resaltan magníficas ballestas, emblema nacional.

Por último tenemos la pequeña Montale (siglo XII), fortificación pentagonal, bastante aislada de sus hermanas y lamentablemente no visitable. Tras esto, no nos quedaría más que probar algo de la gastronomía local, por ejemplo la tradicional torta di tre monti.

 

Juan Antonio Cantos es un historiador y dibujante, nacido en Ceuta y culillo de mal asiento, cuya inexplicable afición a los viajes por todo el mundo, le viene desde muy chiquito, cuando descubrió que podía saltar de la cuna con facilidad y darse un garbeo por el patio de su casa, desde donde sonaba a diario el canto del muecín desde una mezquita cercana.



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