Esquiando entre camellos.

Aunque no lo parezca, no te estamos engañando… en Marruecos se puede esquiar. A menos de 80 km de Marrakech, la cordillera del Atlas se calza las botas y durante unos tres meses al año la nieve permite serpentear la montaña. Esto es África.  

   

Marruecos es un país que pueden dejar fácilmente boquiabierto a un occidental medio. País vecino, casi hermano y conector entre culturas, no sólo para España por su evidente proximidad geográfica y ocho siglos de trayectoria histórica común merced al Islam medieval, sino en cierto modo también para el resto de Europa, aunque ni nos demos cuenta. Pero lo más fascinante de Marruecos va más allá de ser un simple “trocito de Oriente” a dos pasos de nuestro mundo, y sus propuestas de interés no se limitan a los consabidos y por momentos archirrepetidos sectores del turismo de sol y playa, las rutas por las dunas del desierto o las exóticas visiones de sus medinas y zocos sacados de un cuento de las Mil y Una Noches.   

Por increíble que parezca, Marruecos cuenta también con increíbles zonas de alta montaña (las cordilleras de los Atlas y el Rif) que nada tienen que envidiar realmente a los Pirineos o los Alpes, y que lamentablemente pasan inadvertidas a muchos visitantes al país magrebí. Y en este contexto, hallamos innumerables opciones para practicar el senderismo o los deportes de nieve.   

Un marroquí en la nieve

Foto: Roc Herms

Sí, así es. Marruecos cuenta en pleno corazón de los picos del Atlas, y a tan sólo 80 Km. de la deslumbrante Marrakech y su aeropuerto internacional, con la más grande y mejor estación de deportes de invierno de todo el Norte de África, en las proximidades del monte Toubkal (4.167 m.) o Yebel Toubkal en dariya (el dialecto marroquí del árabe), el pico más alto de todo el país.   

Subir hasta la estación de esquí es relativamente fácil hoy día por la buena calidad de su carreteras –se nota que se han esforzado en los últimos años en reforzarlas y mejorarlas– pero sobre todo es, en sí mismo, un viaje sorprendente y excitante, un regalo para los sentidos gracias a sus impresionantes bosques de cedros centenarios, algunos de hasta 40 m. de alto e imposibles de rodear en su anchura por cuatro hombres agarrados de las manos. Pensar que a tan solo unas pocas decenas de kilómetros se despliega la inmensa mancha dorada y ondulada de la entrada del desierto resulta inimaginable, cuando por doquier se observa únicamente la humedad y la exuberancia vegetal de estos bosques, nutridos por los numerosos cursos de agua que serpentean por doquier, fruto del deshielo.   

Tras una hora aproximadamente de coche, habremos llegado a la estación de esquí de Oukaimedén, a más de 3.000 metros de altitud, y una de las favoritas de los escasos practicantes de este deporte más típico de latitudes alpinas. Escasos por los precios, claro está, pues si bien a cualquier europeo o americano de clase media le pueden parecer realmente baratos y con unas instalaciones de excelente relación calidad/precio –el forfait cuesta en torno a los 10 € al cambio, y el hotel de 4 estrellas de la estación no supera los 50 € la habitación por noche– no olvidemos que siguen escapándose al bolsillo del marroquí medio, habitante de un país aún en vías de desarrollo, con altas tasas de precariedad laboral y un sueldo medio que no supera los 250 €.   

Lo normal será ver poca gente nativa esquiando a diario, y dicho en pocas palabras, la mayoría serán ricos, hijos de papá o universitarios, aunque en los últimos años se dejan caer cada vez más visitantes extranjeros, que buscan tranquilidad en los casi 40 Km. de pistas del lugar, huyendo de las largas colas de espera de los telesillas europeos.   

La temporada de esquí suele ser mucho más corta en Oukaimedén en relación a las de Sierra Nevada en Andalucía o los Pirineos aragoneses, a las que estamos más acostumbrados y que se suelen prolongar de noviembre a marzo. Aquí hay años en que, pese a la altitud, la nieve no cuaja bien, o es impracticable, por lo que si queremos ir a esquiar deberíamos enterarnos antes bien de las condiciones. E incluso cuando nieva suficiente, la temporada nunca se alarga más de tres meses, rara vez cuatro.   

No obstante, si no se puede esquiar, el lugar merece la pena igualmente, ofreciendo variadas rutas de senderismo de diversos grados de dificultad, siendo el más interesante el que sube hasta el mismo pico del Toubkal. Otra notable ventaja es que, con nieve o sin ella, el sol luce casi siempre resplandeciente en el cielo, dándose pocos días de ventisca o problemas meteorológicos realmente graves.   

Estación de esquí cerca de Marrakech

Foto: Roc Herms

Una de las imágenes más peculiares y que se queda sin duda más grabada en la memoria es la de los alquileres de trineos o esquíes, que en ocasiones son simples y sonrientes paisanos del lugar, vestidos con la chilaba típica, y que llevan sus materiales colgados a lomos de un dromedario o burro. El aspecto alpino de las acogedoras casas e instalaciones, muchas de ellas con tejados a dos aguas, nos puede recordar por momentos a una Suiza incrustada en pleno Magreb, pero junto a ellas se suelen ver los típicos hogares marroquíes, similares a los que habremos visto antes en las llanuras o en Fez y Marrakech.   

Pero lo que no tiene precio, por su rareza, es la indescriptible visión de un animal como un dromedario o camello, tan inapropiado para este tipo de clima y suelo, con las pezuñas hundidas en la nieve, y traqueteando con su característico paso entre los peñascos y los remontes. Una enorme y simpática bestia, de aspecto casi cómico, que podría ser atropellado fácilmente por un tembloroso alumno de esquí en su primer día de clase, aunque podemos dudar quién va a ser derribado por quién, en verdad, en un supuesto choque esquiador-camello. A buen precio podremos alquilarle un equipo de esquí a uno de estos individuos con sus improvisados “puestecitos vivientes” en plena pista.   

Lamentablemente, esta visión cada vez se va haciendo más rara, está en fase de extinción y tienden a predominar cada vez más las mulas y asnos como animales preferentes de carga, más que nada porque pueden subir a más altas cotas o llevarnos el equipaje hasta algún precioso refugio donde dormir (hay uno a 3.200 m. que es para morirse de bonito). No obstante, quizás los pocos camellos que hayan vivido en Oukaimedén, al bajar a la aridez del llano en su vejez, recuerden con nostalgia su juventud en aquellos raros paisajes blancos. O quizás, si hablaran, no verían con tanta gracia sus patas hundidas en la nieve. Quién sabe. Cosas de Marruecos.  

  

 Juan Antonio Cantos es un historiador y dibujante, nacido en Ceuta y culillo de mal asiento, cuya inexplicable afición a los viajes por todo el mundo, le viene desde muy chiquito, cuando descubrió que podía saltar de la cuna con facilidad y darse un garbeo por el patio de su casa, desde donde sonaba a diario el canto del muecín desde una mezquita cercana.



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2 respuestas para “Esquiando entre camellos.”


  1. Atobis - 9 de septiembre de 2010 a las 07:34

    Me ha encantado el artículo.
    Yo debo de ser de esos pocos turistas de Marruecos que si han visto ese “oasis” de exuberancia y nieve que es el atlas en Marruecos. No recuerdo el nombre del lugar, pero si recuerdo amanecer en un alberge, a unos 2000 o mas metros de altura y ver uno de los paisajes mas bonitos que haya visto nunca; el alberge estaba situado en lo que parecia un crater enorme y a pie de un lago de un azul increíble.
    Saludos.

  2. Juan Antonio Cantos - 18 de septiembre de 2010 a las 12:02

    Sí, Marruecos está llenito de rincones encantadores de alta montaña, que nadie se puede ni imaginar. Merece la pena. A mí casi me parecería un lugar digno para retirarse a vivir una temporada.



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