El blues ha desteñido.

Cuando Robert Johnson hizo su famoso pacto con el diablo para aprender a tocar el blues, era un guitarrista negro mediocre al que sus colegas músicos jocosamente despreciaban. Cuando volvió de negociar con su alma en un cruce de caminos, su técnica era prodigiosa, y ya nadie se reía. Corría el año 1930 en Robinsonville, Mississippi, y el blues estaba más vivo que nunca. 

Las calles del Robinsonville de hoy en día ya no encierran aquellas leyendas empapadas de satanismo, mística y la mejor música que el mundo haya conocido. A pesar de que la pobreza y la opresión que condujo a los músicos de color a fusionar influencias africanas para lamentarse de su precaria situación sigue presente hoy en día, ha adoptado otro vehículo de escape muy distinto: El rap y el hip hop.  

Los afroamericanos del siglo XXI en el delta del Mississippi visten gorras ladeadas, pantalones anchos, y hacen rimas de drogas y pistolas. La imagen del hombre negro norteamericano enfundado en su traje gris, con su guitarra al cuello y la voz sacada de un pacto con el diablo (y con el whiskey), pertenece ya al pasado. 

Si recorremos unos cientos de kilómetros por la Highway 61 desde Nueva Orleans en dirección a Memphis, no encontraremos emisora de radio alguna que sintonice un buen blues de 12 compases. Para los afroamericanos de hoy, es la música de sus abuelos. 

Llegando a Memphis nos topamos con la calle Beale, la nevera del blues. En ella se concentran los mejores bares de blues de los Estados Unidos, (con permiso de Chicago). Los bares de Beale Street son el museo de preservación taxidermística de un género muerto. Son el formol de blues.  

En el interior del bar de BB King en la sacrosanta calle, la orquesta se prepara para tocar. De los 8 componentes del grupo, 6 son blancos. Esta proporción tan desteñida se repite en todos los antros de la ciudad, ya que sistemáticamente el interés de los negros se desvía hacia otros géneros musicales. Qué triste es que los blancos sean hoy los celosos guardianes y tesoreros de un género eminentemente negro, pero la alternativa es la desaparición del sombrero de ala ancha, del humo, del lamento de la plantación de algodón, del diablo y del omnipresente cruce de caminos. 

El blues ha muerto. Viva el blues.

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