La cara más naïf de María Antonieta.

María Antonia Josefa Juana de Hapsburgo-Lorena no es un nombre al que pueda aspirar la plebe. Sin embargo, a algo menos de una hora en tren desde el centro de París, y cerca de Versalles, se encuentra la Finca de María Antonieta en donde la reina y sus allegados fingían ser miembro del populacho. Pero con comida en su plato.


La que fuera última reina de Francia, la reina entre las reinas, la refinada Maria Antonieta de Austria llegó a la corte parisina desde la capital vienesa, su tierra natal, y pronto causó una cierta conmoción. Parece ser que sus excéntricos y extravagantes caprichos eran más propios de una “garçon” malcriada que de una educada mademoiselle destinada a ostentar el trono de Francia.

Asfixiada por las estrictas normas protocolarias de la corte, cuyo incumplimiento le acarreó más de un problema, y gustosa del contacto con la naturaleza la mujer del famoso Delfín, el rey Luis XVI, ordenó la recreación de una pequeña aldea en miniatura donde se permitiría así misma dar rienda suelta a su juguetona imaginación.

La aldea

La aldea de la reina (en francés Hameau de la Reine) es una recreación exacta de una granja normanda que el pintor francés Hubert Robert plasmó en uno de sus lienzos. La reina ordenó al arquitecto Richard Mique la construcción de la granja que Robert había pintado en su cuadro. El resultado es un conjunto de pequeñas casas con techos de paja, pizarra y balcones de madera, con lago y cisnes incluídos cuya estética se opone a la opulencia y fastuosidad del Palacio de Versalles.

Los monarcas pretendían acercarse, aunque de manera artificial, al mundo rural, de ahí que la finca contara con molinos, casas de agricultores, huertos y lechería.

María Antonieta de Coppola

Columbia Pictures, (2006). (R)

Sus juegos

Cuando María Antonieta llegaba a su aldea dejaba de ser la consorte del monarca francés para convertirse en nada menos que una lechera. Debería de resultarle divertido este cambio de rol, aparcar por un tiempo la pomposidad y exquisitez de su vestimenta por la llaneza de una indumentaria propia de una humilde trabajadora.

La monarca visitaba la aldea acompañada de sus hijos y sus amistades más cercanas, que al parecer no eran muchas pues precisamente no fue muy querida en su entorno. Al recinto se accedía con previa invitación de la reina y en la aldea cada cual representaba un oficio o personaje concreto. Verla a ella y sus amigas de la aristocracia ordeñando leche o cosechando frutos sería todo un espectáculo.

Antes de abandonar la granja

Para los aficionados a las compra de souvenirs la visita no debe finalizar sin echar un vistazo a la tienda de recuerdos. Es posible adquirir porcelanas, dulces, joyas e incluso una réplica del perfume de la reina, compuesto por aromas de rosa, iris, jazmín y azahar entre otros. No se convertirá en una reina cuando lo use, pero al menos podrá oler como una de ellas.

En los alrededores

Los “Dominios de Maria Antonieta” no sólo están compuestos por la aldea, si no que además están el Pequeño y Gran Trianón, pertenecientes ambos al recinto palaciego de Versalles. El primero fue mandado a construir por Luis XV en el siglo XVIII para albergar en un principio un zoológico, un jardín, una escuela botánica y un invernadero.

Años después Luis XVI se lo regaló a su esposa, que lo convirtió en su retiro favorito cuando deseaba escapar de la corte. Un paseo por el jardín francés con su capilla, contemplar el pequeño teatro en donde la “delfina” solía protagonizar representaciones teatrales o dar una vuelta por el jardín inglés y el templo del amor se hacen indispensable.

El segundo (el Gran Trianón) que servía también de retiro a la familia real y que es patrimonio de la humanidad, es un atractivo edificio del que destacan sus columnas de mármol rosa y su salón del baile.

La villa de la reina

Foto: David Min

Palacio de Versalles

La visita a la Finca de María Antonieta suele complementar a la del Palacio de Versalles. Un impresionante edificio cuya riqueza patrimonial atrae cada año a casi 5 millones de visitantes. Miles de piezas de arte, grabados, cuadros, esculturas y estatuas engalanan los muros palaciegos. Los apartamentos del rey y la reina, así como la impresionante galería de los espejos (compuesta por diecisiete espejos de tamaño gigantesco) merecen una parada con detenimiento.

Y ahora, la parte práctica.

Visitar Paris sin necesidad de abrir el paraguas es casi misión imposible. A pesar de tener uno de los niveles más bajos de precipitaciones de la región, puede verse sorprendido por la lluvia en cualquier mes del año. Algunos opinan que los mejores meses para visitar la ciudad son septiembre y octubre, no obstante, es preciso tener en cuenta que los días en estas fechas se van a acortando, y no disfrutar de la luz parisina es un despropósito.

Tenga en cuenta, que para llegar a la Aldea de la Reina tendrá que caminar antes sobre un 1,5 km aproximadamente desde el palacio de Versalles, por tanto retire un plano antes de iniciar el recorrido, pues es posible que los laberínticos caminitos que conducen al recinto le hagan desorientarse. Si no está dispuesto a darse una pequeña caminata, alquile una bici, un coche eléctrico o use el tren turístico que le llevará desde el palacio a cualquier punto de interés del recinto.

Compre un passeport que incluya la entrada al recinto palaciego completo, se ahorrará unos euros y es más cómodo que estar comprando tiquets en cada monumento.

Comer en los restaurantes no es demasiado caro, pero quizás le resulte más cómodo y barato llevarse su propia comida. Hacer un picnic en los jardines de Versalles es muy agradable, pero ojo con ensuciar el césped.

Javier Perogil

Javier Perogil es un viajero incansable. Diplomado en turismo y dedicado de lleno a trabajar en el sector, colabora con otros medios de comunicación en la elaboración de rutas turísticas. Su objetivo está claro: contagiar la pasión por viajar a todos aquéllos que se topan en su camino.




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