Nicosia tiene su propio muro de Berlín.

Desde 1974 en Europa ha vuelto a existir una ciudad dividida militarmente. Turco-chipriotas y greco-chipriotas se reparten la isla de Chipre, rompiendo en dos su capital, Nicosia. En uno y otro lado, la historia se entremezcla con los rencores y los alambres de espino.

Vista desde un punto altísimo, Chipre parece una península de Turquía o quizás de Siria. Hace falta aproximarse un poco más para darse cuenta de que se trata de una isla que queda encajada en el encofrado que forman Turquía, Siria, Líbano e Israel. Desprovista de contexto, podría tratarse de cualquier otra isla de cualquier otro mar. Pero uno enseguida se da cuenta de que no. Alerta al viajero la visión de una grieta enorme que la atraviesa y la parte, en dos partes desiguales, por la mitad. En Islandia, hay una grieta natural de la que se dice que, en unos años, partirá la isla y desplazará una parte hacia América y la otra hacia Europa. Tampoco ese es el caso de Chipre. Porque Chipre no se va a partir físicamente en dos, pero ya está humanamente dividida. En Chipre son los hombres y las culturas los que se desplazan y se separan.

Si uno sigue la grieta de un extremo hacia el centro de la isla se encuentra con una cosa más espectacular todavía. De pronto, la línea pasa a través de un círculo perfecto partiéndolo también en dos. Parece un fenómeno extrañísimo de geología lunar. Pero no, el círculo es el corazón de la Nicosia antigua: una ciudadela veneciana del siglo XVI con forma de estrella de once puntas que se encuentra dividida por la Línea Verde, zona desmilitarizada mantenida por las Naciones Unidas, a través de la que los greco-chipriotas y los turco-chipriotas viven separados. Los primeros, herederos del auge helenístico en la isla, siguen conservando la lengua y cultura griegas después de 2.500 años; los segundos, procedentes del Imperio Otomano que dominó el territorio durante casi 400 años, hasta que entregó la isla y cesión de sus derechos a los ingleses.

Muro de Nicosia

Foto: Boris Bolelof

Chipre obtuvo la independencia de los británicos en 1960. Pero la modernidad resultó ser una realidad conflictiva para Chipre, que no supo conciliar las aspiraciones propias de ambas comunidades.

El tiempo quedó detenido en Nicosia en 1974, cuando los disturbios entre las dos comunidades culminaron con la invasión realizada por el ejército de Turquía. Tras ello, se partió la isla y se realizó una división por adscripción étnica, quedando los greco-chipriotas en el sur y los turco-chipriotas en el norte bajo la República Turca del Norte de Chipre, estado que sólo reconoce Turquía. Paradójicamente, en un espacio de reducidas dimensiones como el encantador casco antiguo de esta ciudad salpicado de callejuelas, podremos visitar dos países, dos culturas. De un lado los griegos, del otro los turcos. Sur y norte. En el sur, viejas casas con balcones decorados que sobresalen de las deterioradas murallas de arenisca y donde los artesanos, en sus pequeños talleres, practican los oficios de antaño; monumentos históricos; edificios medievales; iglesias ortodoxas; cafés y antiguos mercados. Aquí se alzan numerosos sitios de interés, como el Museo arqueológico que permitirá comprender la tormentosa historia de la isla, o el Museo del Patriarcado que presenta una impresionante colección de iconos bizantinos.

Sin embargo, en la zona más cercana a la Línea Verde, el viajero puede contemplar un paisaje impresionante. Las casas fronterizas, limítrofes a las calles cegadas por las tapias, se hayan en un estado de absoluto abandono a ambos lados. Son calles prácticamente desiertas en las que, de repente, uno puede encontrarse a un anciano solitario vestido de negro y sentado al sol, frente a un taller de carpintería. En los muros ajados de las casas, carteles que rezan “Peligro. No acercarse” o “Prohibido hacer fotos”.

Mezquita de Santa Sofía.

Foto: Jordan Kevrekidis

En un árbol cercano a la línea una bandera griega cuelga desplomada de la rama de un árbol. En esta tierra muerta que no pertenece a los hombres la limitación de cualquier signo de vida es evidente. Justo al lado de la Línea Verde, la vida es limitada y desierta. El muro, custodiado por jóvenes soldados, es una cicatriz, un corte en el que se combinan alambradas, muros de cemento, sacos de arena y barriles, que se extiende sin grietas hasta la calle Ledras, el antiguo núcleo comercial de la ciudad, en la cual se ha abierto un punto de aduana después de permanecer durante más de tres décadas cerrada.

El paso de la Nicosia griega a la Nicosia turca, acentúa la sensación de anormalidad. El acceso se realiza bajo el control de pasaportes, por la policía greco-chipriota o turco-chipriota según el lado que corresponde. En varios muros, cerca de las aduanas, hay una amalgama de fotografías que denuncian las desapariciones y las muertes de los griegos en manos de los turcos. En el otro lado, observaremos el mismo panorama a la inversa. Se estima que hay unos 1.500 greco-chipriotas desaparecidos en el periodo de 1974, y unos 800 turco-chipriotas desaparecidos entre 1963 y 1974. En el norte, catedrales góticas con minaretes otomanos, baños turcos, antiguas avenidas, bazares y mercados terminan de dibujar el perfil ecléctico de esta ciudad. Es imprescindible visitar la catedral de Santa Sofía, transformada en mezquita, y el centro cultural Bürük Han, antigua hostería del siglo XVI con un hermoso patio en el que descansar y tomar un café turco de los que tienen poso.

El paso al otro lado permite al viajero un acto de imaginación: el de reconstruir la ciudad a través de su paseo, desafiando las fronteras de un mapa partido.

Anna Urioste

Anna Urioste combina la escritura, que le da cobijo, con la enseñanza, que le da sustento. Cuando puede se escapa a cualquier lugar junto con su inseparable cuaderno de viajes para no perder detalle.



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