Introducción al crapulismo Berlinés nocturno.

Berlín se ha reinventado como una de las capitales más nocturnas y festivas del mundo. ¿Y por qué no? La reconstrucción de la ciudad tras la caída de 1989 dejó multuitud de huecos urbanísticos para rellenar con música, baile y…

Está ahí, como que no quiere la cosa, entre las 20 mejores ciudades del mundo para vivir (la decimosexta, según Mercer Consulting). Bowie se refirió a ella como “la mayor extravaganza cultural que uno pueda imaginar”, una denominación que sigue siendo válida hoy en día, a pesar de que el cielo de la globalización también se cierna sobre Berlín.

Pero Berlín resiste. Por no querer o por no poder, no se ha convertido aún en el reflejo trasnochado del “cualquier tiempo pasado fue mejor” que rezuman ya muchas ciudades europeas, ex-referentes de tendencias. Inditex no dicta la moda callejera y lo que nosotros denominaríamos “disfraz” no hace girar cabezas a su paso. La capital federal es ante todo creativa a todos los niveles; en lo artístico, en lo cotidiano, en lo medioambiental y hasta en lo histórico.

Uno de los aspectos que más fama rabiosa ha dado siempre a la ciudad ha sido su vida nocturna y el haber sido un referente en la música electrónica. El ambiente berlinés poco o nada tiene que ver con el aire empresarial que domina otras escenas, como la ibicenca, a pesar de que ambos compartan los platos más caros del menú de DJs.

Hace ya tiempo que Nueva York dejó de ser la ciudad que nunca duerme en favor de Berlín. De hecho, en comparación con la capital alemana, la gran manzana lleva ya varias horas en la cama. Puede que sea una cuestión de espacio, y es ahí donde esta urbe no conoce rival. Sería ridículo que las autoridades se molestaran en imponer horarios de cierre o normativas opresivas a clubes que, en su mayoría, ocupan lugares aislados y por tanto a nadie molestan. Probablemente sea esta actitud de laissez faire la que dota a la ciudad de tanta autenticidad. Sin preocuparse por cumplir normativas estrictas ni excitarse con la tentación de romperlas, uno se puede concentrar en ofrecer y disfrutar del ocio no teledirigido.

Bailando en la discoteca

Foto: Mojaradost

En este sentido, Berghain es sin duda el club de bandera de la ciudad. Convertido ya en apto para (casi) todos lo públicos, la historia de este nightclub, prontuario del epicureísmo, representa todo un hito en la cultura nocturna berlinesa y por ende, en la europea. El inmenso edificio ocupa una antigua central eléctrica justo detrás de la estación de tren Berlin Ostbahnhof, entre los distritos de Kreuzberg y Friedichshain (de cuyos nombres deriva el del club); una ubicación fantasmagórica que anticipa a grandes rasgos lo que uno encuentra en su interior.

Como lugar de referencia al que la fama precede, las colas en hora punta (entre tres y cinco de la mañana) no perdonan, ni siquiera en invierno con varios grados bajo cero. Quienes aguantan estoicamente la espera, que tranquilamente puede superar la hora, se ven recompensados al entrar… o no. Porque eso sí, el lugar no deja a nadie indiferente. La oscuridad predomina en todo el interior, especialmente en el piso de abajo, que alberga el ambiente principal; una zona embriagadora gracias al humo, la tenue iluminación y un volumen de música despiadado. Lo del ambiente va en ambos sentidos, ya que en esta zona se concentra también buena parte de la asistencia gay. No olvidemos que Berghain tiene su origen en Ostgut, el club fetichista colindante demolido en 2003.

El piso de arriba, el Panorama Bar, reúne a un público más heterogéneo y ofrece un ambiente menos asfixiante. Los grandes ventanales están provistos de contraventanas para evitar que la luz del día deslumbre al amanecer, molestando a quienes obviamente nada quieren saber del mundo exterior. El edificio en sí está lleno de oscuros pasadizos, cubículos, rincones imposibles y, cómo no, provisto de la inevitable darkroom. Los baños son unisex y en ellos no hay un solo espejo. Si Drácula regresara, viviría en Berghain.

Discoteca en Berlín

Foto: Jazmin Million

A pesar de todo, detrás de la aparente concupiscencia existe un férreo control que evita las extralimitaciones; y es que las libertades de unos terminan donde empiezan las de los demás, una norma básica que la organización aplica a rajatabla. Más allá de ser un “antro de perdición” o la “catedral del tecno”, Berghain es todo un símbolo de tolerancia y de libertad. Pocos lugares de la noche han sido testigos de la perfecta convivencia entre personas de tan dispar origen, tendencia, edad u orientación sexual.

¿Y después de la fiesta? El cuerpo agradece despertar en una ciudad como Berlín. ¿Qué mejor opción para oxigenarse que dar un paseo por cualquiera de sus frondosos parques o aparentar que “aquí no ha pasado nada” integrándose con las familias que degustan deliciosos gofres en los puestecillos de Chamissoplatz? Si no nos quedan muchas ganas de danzas, siempre podemos apoltronarnos en algún café de Kollwitzplatz o Kastanienalle, donde igual hasta cae algún original trapito. Y si nuestro estado ya no nos permite ni salir, nada mejor que una buena comida de productos ecológicos, algo que en Berlín se consigue más fácilmente que una opinión política en España. ¿Será esto lo que llaman calidad de vida?

Y por cierto, ya van 20 años sin muro.

Marta Iglesias

Marta Iglesias decidió dejarlo todo para dar la vuelta al mundo.



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