Yogures y aplausos al sol en la isla griega de Santorini.

Una piel roja por el sol es el único precio que quizás se deba pagar por la visita al paraíso griego llamado la isla de Santorini. Sus pueblos blancos agarrados a los acantilados, reposan a los pies del Mar Egeo, donde según cuenta la leyenda fue devorada sin piedad la mismísima Atlántida.

La isla griega de Santorini es famosa por sus puestas de sol, siempre que pienso en su orografía imagino un croissant tostado, que ha sido achatado por la parte de fuera y que lo han puesto mirando hacia el oeste. Además para hacerla más deliciosa, la han espolvoreado con dulces pueblos blancos. La mejor forma de comerte esta isla de distancias amables es alquilando una moto o un quad. Nuestro recorrido empieza en la punta sur, en un solitario faro, donde comienza el vertiginoso precipicio que recorre toda la costa oeste de la isla. ¡Súbete que hay sitio para uno más!

Comenzamos por la mañana (¡no muy temprano, eh!), por la estrecha y funambulista carretera que bordea el salto. Mientras conducimos observamos desde este excepcional balcón natural los pintorescos pueblos que se asoman al abismo. Ellos y nosotros compartimos algo que nos hermana, ya que podemos divisar lo mismo, el mar invadiendo la caldera y su imponente cráter que emerge y que dice “cuidado que aquí mando yo”.

Atardecer en la isla.

Foto: Nicoletta Biticchi

Ponemos la vista a la carretera y el intermitente a la derecha, en pocos minutos estaremos en Red Sand Beach. La playa de arena roja, que sería su traducción literal, es una diminuta playa que recibe este nombre no porque su arena sea comunista, sino que debido a su origen volcánico, es de un color bermejo muy intenso. El agua cristalina, se esconde tras un creciente muro del color de la lava. Si el tiempo acompaña, la encontraremos repleta de bañistas, pero teniendo los ojos abiertos y estando dispuesto a huir del rebaño que sigue el camino de baldosas amarillas (rojas en este caso), puede verse a mano izquierda del acceso una pequeña bifurcación que lleva una minúscula playa de guijarros y donde está sin duda la mejor panorámica ¡Y sin aglomeraciones! Date un chapuzón, toma el sol y protégete ¡no te traigas un enrojecido de piel como souvenir!

Llega la hora de matar el gusanillo y ponemos rumbo a la capital, Fira. Apenas encontramos tráfico, por el camino tan sólo salen al paso parcelas de viñedos, lo único que rompe el silencio, el ruido del motor de nuestro propio vehículo. La sensación al volante es de total paz y libertad.

Llegando a Fira empezamos a sentir la ligera agitación de las pequeñas ciudades. Por suerte, aparcaremos con facilidad nuestro reducido vehículo en el mismo centro. La ciudad es un laberinto de cal, retocado con azul, a pincel en marcos de ventanas, a brocha en puertas, a rodillo en cúpulas de iglesias. Inevitablemente pasearemos hasta que la tierra diga basta. Sin poder dar un paso más (a no ser que tengas alas, claro), el mar queda bajo nuestros pies, a 300 metros. Sin llegar a dar ese paso fatal, nos sentamos a disfrutar de una comida típica en uno de los múltiples restaurantes que nos venden su espectacular panorámica de la caldera hasta en la sopa.

Anciana de Santorini

Foto: Tollen

Tomándonos ya el café, observamos los barcos repletos de excursionistas que se acercan al cráter para caminar sobre él y después posiblemente bañarse en su playa de aguas termales. Quizás alguno de ellos le pregunte susurrando al oído si es verdad eso que dicen por ahí las malas lenguas que tiene escondida en su regazo a la mítica Atlántida de Platón. Por desgracia me temo que por respuesta, sólo obtendrá olor a azufre, y mejor no insistir, ya se sabe lo que hace un volcán cuando se enfada.

Volvemos al último sorbo de nuestro café, miramos el reloj, aún nos da tiempo a pasar la tarde en la playa de Monolithos, en el lado oeste, el menos turístico de la isla. Para llegar tendremos que descender y atravesar de nuevo más campos de viñedos ¿Cómo sabremos cuando hemos llegado? Muy fácil, cuando los viñedos acaben, comience la arena y se levante una pared de arenisca blanquecina esculpida caprichosamente por la erosión del viento, entonces habremos llegado.

Cuando el sol caliente menos, es hora de ponerse la camisa y tomar por fin el camino que sube a la sosegada Oia, en la punta norte de nuestro croissant. A la llegada, nos dirigimos a su mirador, atravesando el rompecabezas blanco y azul de casas e iglesias, que de nuevo sin vértigo sobrevuelan el Egeo.

En el mirador nos reunimos otra vez con el rebaño de turistas que abandonamos al principio de la jornada. Por muy temprano que se llegue, siempre algún turista japonés ya ha plantado el trípode de su cámara en el lugar perfecto para cazar la puesta de sol. El momento crucial se acerca, los más perezosos que llegaron tarde y quedaron mal situados intentan avanzar posiciones disimuladamente. La postal merece la pena, el pintoresco pueblo blanco salpicado de azules, los molinos de viento señalando al Egeo y el rayo de sol final que roba el último soplo de vida al color oscuro de la roca, para dárselo en forma de rojo al horizonte. Finalmente el sol se pone y la gente aplaude, en parte por la belleza del espectáculo, en parte liberada de la espera, o al menos eso creo yo.

La noche comienza y la gente se engalana para cenar y salir de fiesta en Fira, donde se encuentran los establecimientos más cosmopolitas. Por otro lado, en Perissa Beach, al sur, los mochileros se reúnen en garitos para compartir experiencias y cervezas. La noche en Santorini es otra historia, pero amigo, esa historia mejor la escribes tú.

Juan Contreras es un autoproclamado psicólogo loco por los viajes, contador de historias y experto en nada.



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