¡Рилски манастир!

El Monasterio de Rila fue levantado en las inmediaciones de Sofía durante el siglo X, y destruido hasta los cimientos en el siglo XV. Mediante un inmenso esfuerzo fue reconstruido… y quemado de nuevo en el siglo XIX. Su última resurrección es una de las joyas del ortodoxo europeo. Aprovecha para visitarlo, porque nunca se sabe…

Perros muertos. O al menos parecen perros, aunque nadie apostaría por ello. En la fugaz hora y media de buena carretera que separa el Monasterio de Rila de la capital de Bulgaria, Sofía, es común observar una descomunal presencia de animales atropellados en los laterales de la calzada, a los que uno se acostumbrará si conduce durante unos días por el país eslavo. El coche de alquiler es la forma más sencilla de alcanzar el fabuloso Monasterio que se esconde en el corazón de las montañas de Rila.

Fue precisamente esa localización apartada la que atrajo al ermitaño San Juan de Rila al enclave, pretendiendo al establecerse en una cueva del bosque, lograr una vida tranquila de meditación y rezos. Sin embargo no debía de haber reflexionado seriamente sobre la incompatibilidad entre el aislamiento y su fama de milagrero, ya que según se cuenta, su cueva se encontraba permanentemente sitiada por los fieles que buscaban su bendición. Desde luego no era un escenario óptimo para un ermitaño.

Cúpulas de Rila

Foto: Darío Traveso

En cambio, sí que era terreno fértil para la arquitectura; la primera encarnación del Monasterio de Rila fue construida en el siglo X por estos mismos discípulos del asceta, que suponemos que al no disponer del abrigo de la cueva que cubría a San Juan y ante el desolador panorama que suponía el frío de la zona, sabiamente decidieron resguardarse. Si visitas el monasterio durante los meses de gélido invierno, (que en esta zona es largo), comprenderás perfectamente esta iniciativa.

El estado actual del monumento se remonta al siglo XIX, cuando ricos burgueses búlgaros, quizás movidos por su mala conciencia, aportaron importantes dotaciones de fondos que posibilitaron la novedosa arquitectura del lugar. Rodeada por la estructura fortificada de las zonas residenciales, la iglesia principal resulta un festín de colores cuya alegría contrasta con la sobriedad de los trajes negros de los monjes ortodoxos. Sus espesas barbas se agitan suavemente mientras debaten en búlgaro acerca de religión, (bueno, suponemos que no hablan de fútbol), delante del pórtico principal.

Los firmes pero elegantes arcos de la iglesia transmiten una estudiada ligereza, plasmada asimismo en la representación del cielo que recogen los impactantes frescos que cubren la fachada frontal de la misma. En ellos, el paraíso es representado por figuras de santos coronados por aureolas celestiales, y debajo de ellos, el infierno. Sin duda con intención moralizante, en el infierno las figuras no parecen estar pasándolo muy bien a juzgar por los tridentes con los que grotescos demonios pinchan en sus partes nobles a los pecadores. Esperemos que al menos los pecados que cometieron en vida los torturados fuesen serios.

Monjes de Rila

Foto: David Vuelta

Si andamos unos metros esquivando a monjes para los cuales somos invisibles, encontraremos el edificio más antiguo del complejo monástico. La Torre de Hrelyu, (1335), es un espectacular mastodonte de piedra que gracias a su fortaleza aguantó el fuego que terminó con los demás edificios en su día. Y es una suerte, ya que ejerce eficazmente de puente del colorista monasterio con su pasado medieval. Por desgracia, una tienda de souvenirs adyacente a la Torre arruina la impresión de haber viajado en el tiempo, y vende posiblemente los regalos más feos de todo Bulgaria.

Una vez hayas examinado convenientemente el interior de la iglesia, y también si lo deseas el museo que alberga la cruz realizada por el monje Rafaeli, (cuya fabricación acabó con la vista del pobre hombre), el hambre habrá difuminado el interés cultural. En la carretera serpenteante que desciende de la montaña podrás encontrar un magnífico restaurante especializado en trucha, en la que los dueños contemplan seriales venezolanos doblados al búlgaro mientras que los clientes dan buena cuenta del queso, trucha y abundante yogur búlgaro de postre. Tu pesadez de estómago costará menos de 10 euros por persona, ¡así que no racanees! El restaurante es fácil de localizar gracias a los carteles con un dibujo del pez que encontrarás a los lados de la carretera.

Dado el currículum de este monasterio, yo en tu lugar no esperaría mucho para visitarlo…

David Vuelta es un analista financiero y abogado cuya pasión por viajar sin duda deriva de los numerosos vuelos a través del Atlántico que realizó incluso antes de nacer. Actualmente malvive viajando menos de lo que desearía.



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