El barrio de Praga que desafió al nazismo.

El barrio judío de Praga nos transporta a otro siglo, y nos obliga a recordar la potente persecución que la comunidad sufrió durante el nazismo. Sin embargo, la huella de Hitler no borró la historia y el espíritu de cada una de sus sinagogas. El Josefov es otro mundo dentro de Praga.


Rubio, como manda el tópico. Un chico fuerte y alto. Tiene pintas de inteligente. Lleva sobre los hombros una de esas chaquetas medio militares en un color tierra oscuro. La manga de la chaqueta está adornada con una bandera de tres franjas horizontales de igual tamaño. Los colores de la bandera son el negro, el rojo y el amarillo. Las pintas de alemán que tiene el chico quedan ratificadas con la bandera de su chaqueta.

El chico observa atentamente la pared. Es una pared inmensa. Está pintada de un color crudo pero prácticamente no quedan huecos en ese color. Desde el suelo hasta el techo, ordenadamente, hay escritos nombres y fechas en rojo y negro. “LSA. 18.VI.1924-6.IX.1943”. Esa es, por ejemplo, una de las fechas que se puede leer. La pared marea, tan meticulosamente ordenada. La fecha señala el nacimiento y la muerte de personas. Calculamos. El nombre que acabamos de leer, LSA, corresponde a una persona muerta con tan sólo 19 años. Contexto: la segunda Guerra Mundial.

Nos encontramos en la República Checa, concretamente en la ciudad de Praga. Hemos dejado a un lado la zona nueva, con la plaza de Wenceslao, la Ópera, la Galería Nacional; y al otro lado hemos abandonado ya el Castillo, la Catedral de San Vito y el puente de San Carlos. Hemos entrado en la parte antigua de la ciudad: la más tenebrosa, la más lúgubre y la más bella. A pocos metros de la plaza de la ciudad vieja, con su famoso reloj astronómico, se encuentra el JOSEFOV, el barrio judío de Praga.

Catedral de Praga

Foto: Toni Cámara

Estamos dentro de la sinagoga Pinkas, de 1535. Resulta ¿paradójico? –¿extraño, contradictorio?… ¿Inquietante?– observar al chico alemán mientras éste, a su vez, observa detenidamente en la pared los nombres de los judíos muertos en la II Guerra Mundial durante la persecución de la Alemania nazi. La sala principal de la sinagoga y otra contigua tienen las paredes exactamente igual: nombres y fechas. El lugar transmite angustia.

Salimos de la sala que nos recuerda las víctimas judías del nazismo y nos introducimos en otra habitación. Hay una muestra de dibujos hechos por niños. Manchas negras y rojas. Lágrimas en borrones azules. Familias rotas. Sillas amontonadas. Verjas. Así dibujaban los niños su infancia en las zonas perseguidas durante el conflicto bélico. El nombre de la exposición es “Dibujos de los niños de Tezerín, 1942-44”. Los dibujos tienen títulos como “El sueño del retorno” o “Transporte hacia la oscuridad”. De los más de 10.000 niños prisioneros en Tezerín, unos 8.000 fueron enviados al Este. Se calcula que sobrevivieron 242 niños.

Salimos conmovidos del espacio. Las ¿paradojas? continúan: en la puerta te venden postales, la kipá (gorros judíos) y otros “recuerdos”. Después seguimos, en peregrinación, por las sinagogas de Praga. El ambiente difiere mucho de unas a otras. La sinagoga española, utilizada ahora para albergar conciertos debido a su buena acústica, es de las más lujosas. Dorados y rojos en la planta inferior; una exposición de artistas como Mozart o Kafka, símbolos de la ciudad, en la planta superior. Es de estilo morisco y se construyó en 1868. Kafka espera en la puerta…

En la mayoría de las sinagogas encontramos diversos objetos en exposición relacionados con el judaísmo: la comparación entre una cocina rústica con sus platos de madera y una cocina lujosa con cubertería de porcelana en la sinagoga Klaus, terminada en 1694; la tabla utilizada para el ritual del entierro en la Sala Ceremonial; o coronas y punteros en la Sinagoga Maisel, que a lo largo de los años ha pasado de un origen renacentista a una restauración barroca y otra neogótica.

Cementerio judío

Foto: George

Aún falta la sinagoga Viejo-Nueva, de estilo gótico temprano. Datada en el siglo XIII, fue la primera que se construyó, y por ello se la llamó Nueva o Grande. Fue en el XVI cuando se le cambió el nombre al empezar a construirse el resto de sinagogas.

La última parada del barrio judío es en el cementerio. Desorden, verdín e historia. En algunas tumbas se amontonan piedrecillas. Hacen la función de las flores en los ritos de la Iglesia católica. En otras, hay papeles con deseos escritos.

Uno de los más famosos judíos enterrados aquí es Jehuda Liwa ben Betzalel, conocido como el rabino Löw, fallecido en 1609. El Golem es un ser animado fabricado a partir de materia inanimada. En ocasiones ha sido símbolo de sabiduría y santidad. Su creación se le atribuye a este rabino. También el hombre que utilizó por primera vez el término robot tiene aquí su sepultura.

Como decíamos, en la puerta de la sinagoga española nos espera Franz Kafka. Se trata de una estatua que pretende reflejar el espíritu del autor de La metamorfosis o Carta al padre. “Vivir es desviarnos incesantemente. De tal manera nos desviamos, que la confusión nos impide saber de qué nos estamos desviando”, escribió. No estoy segura de que el viajero pueda aún encontrar en la Praga de hoy en día mucho más del espíritu kafkiano que el queda en esa estatua o el que se intuye en el Museo del autor; sin embargo, en la ciudad queda reflejada esa confusión, ese misticismo, esa lucha.

Angelo María Ripellino, autor de Praga Mágica, escribió en 1973 que “aún hoy” se encuentra uno con Kafka por las calles de su barrio judío. No sé si es traspasable al 2009. Lo que sin duda sí es totalmente contemporáneo es otra afirmación de Ripellino: “el punto más mágico de Praga es el Josefov, el barrio judío”.

Patricia Gardeu es estudiante de periodismo y escritora de viajes. El estilo nostálgico y soñador que imbuye en sus artículos consigue que el lector se sienta partícipe en primera persona de su viaje.



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