Manual infalible para perderse por Lisboa.

Te enseñamos esa Lisboa que suena a fado, sabe a bacalao y se contempla desde sus colinas. Melancólica, alegre y despierta, de Bario Alto a Alfama, de Belém a Sintra. Así se le aperece Lisboa, como en un espejismo, al viajero atento. Pero sólo podrás comprobarlo si te pierdes por sus calles.

Suena a fado y sabe a bacalao y a sardinas. Sus blanquecinos suelos tipo mosaico, tan característicos del país, hacen indiscutibles las pisadas. Sus colinas, y en consecuencia, sus miradores: impresionantes vistas como las que te regala el inconfundible castillo de San Jorge. Sus azulejos. Sus tendederos de rutinas diarias ubicados en cada pequeña plazuela. Sus portuguesas con pañuelo en la cabeza. Sus tazas blancas de café.

Lisboa es melancólica como su música. Y alegre como sus habitantes. Y despierta como sus turistas. Lisboa es una ciudad perfecta, y económica, para un viajero solitario y soñador, y es igual de maravillosa para acoger las risas y el calor de los grupos de amigos.

Tranvia de Lisboa

Foto: Matthias Höppner

El fado acompaña durante toda la visita, el fado regalado con una majestuosa generosidad, con la sinceridad que tan sólo contiene el presente. Escondida en una pequeña taberna a los pies de unas escaleras, una portuguesa cantante de fados relata a los viajeros que ella es una mujer de mundo: “Nunca me sentí portuguesa, no soy de Lisboa ni de ninguno de estos lugares, yo soy del mundo entero, yo vivo en todas partes”. Luego canta y ofrece vino. Luego continúa, tras esbozar una sonrisa, con la historia de su vida: “jamás salí de Portugal, ni siquiera conocí España, sin embargo, mi modo de viajar es otro”. Lisboa es esa cantante de fados. En Lisboa hay muchas mujeres como ésta y cada una es única. El viajero atento sabrá encontrarla… y sentirla en la letra y el tono de su canción.

Al alba, con el sabor del vino de la noche anterior aún en el paladar, hay dos opciones, una es alzarse en el sueño de un tradicional ascensor clásico de hierros forjado a finales del S. XX, el Elevador de Santa Justa, que en su día conectaba la Baixa con Barrio Alto y desde el que hoy se puede contemplar gran parte de la ciudad. La otra opción es subirse a un tranvía que te lleva hasta Belém, donde tras visitar el Monasterio de los Jerónimos, se te endulzará la boca con los tradicionales pasteles de Belém. El proceso de fabricación se muestra, la cafetería reboza de gente, y a pocos metros, el silencio se hace en las alturas de la Torre de Belém. Probablemente llueva pero aún así, los niños corretearan por el campo verde que se pierde enfrente.

Otro rincón para perderse en Lisboa es su histórico Cementerio de los Placeres, con elegantes calles de mausoleos, ángeles de piedra y tumbas ubicadas en pequeñas casitas firmadas por ilustres arquitectos; donde además de los muertos, sus habitantes son una amplia gama de gatos. Adorados por los egipcios desde el 2900 a.C., los gatos son el alma del lugar, acuden hambrientos al pan del turista pero las fotos son incapaces de reflejar la ambigüedad de sus miradas.

Calles de Portugal

Foto: Matthias Höppner

Antes de partir de Lisboa, a pocos kilómetros en tren o en coche, Sintra se esboza sobre una colina como una turística ciudad llena de magia. Demasiadas cosas por ver en la villa portuguesa, y sobre todo, demasiados turistas, pero haciendo uso del poder de elección, el visitante podrá decantarse entre los muchos regalos que ofrece el lugar. El Castelo dos Mouros, el Palacio de Pena, el Palacio Nacional, la Quinta da Regaleira…. Cuesta arriba, cuesta abajo… imágenes panorámicas y secretos escondidos en el bosque, la huida de unos reyes que dejaron su palacio tal como hoy se conserva, o eso dicen, incluidas las pastas y el café sobre la mesa del salón. Sintra es un pozo sin fondo, una librería, una cueva, un tesoro, una flor china, pajaritos y dinero. Son también soledades y riquísimas quesadillas.

Un lugar precioso para que el viajero se despida de Lisboa es el paseo que se ofrece al otro lado del río. En barco se cruza un ancho Tajo que está a punto de desembocar en el océano Atlántico. Como despedida, lucirá el sol. Un sol intensamente luminoso. Cuando el viajero se marcha de Lisboa, una capital de país sin los grandes propósitos de las más importantes capitales europeas, pero con los mayores esbozos de ilusión, éste marcha comprendiendo que los viajes también son una pérdida, que supone enfrentarse con la realidad palpante y decir adiós a los anhelos, a la ciudad imaginada.

Patricia Gardeu

Patricia Gardeu es estudiante de periodismo y escritora de viajes. El estilo nostálgico y soñador que imbuye en sus artículos consigue que el lector se sienta partícipe en primera persona de su viaje.



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