La Ruta 66, donde el óxido es negocio.
La carretera que permitió el éxodo hacia el oeste en la gran depresión americana se ha reinventado a si misma como imán de nostálgicos y cazadores de recuerdos. Engullir millas por su asfalto supone asomarse al verdadero alma del país de las barras y estrellas.
El hombre llevaba una pistola. Era imposible de ocultar, aunque girase el cuerpo para procurar que no nos asustáramos por su visión. Su delgada mujer fumaba un cigarrillo con movimientos muy femeninos mientras desde su asiento nos miraba con curiosidad. “Venimos todos los años desde Tucson,” – explica él y sonríe a su mujer, – “es como una especie de costumbre familar. Ya sabes, nosotros y ella.” La “ella” a la que se refiere es una preciosa Harley Davidson negra a la que acaricia con cariño. Tras intercambiar historias y sonrisas con ellos sin poder evitar mirar de reojo a su arma, nos disponemos a continuar con nuestro periplo a través del corazón del medio oeste.
Este tipo de conversaciones serán la tónica habitual del viaje, ya que la ruta 66 se conforma como un vínculo con un pasado más ingenuo, que despierta nostalgia entre los americanos, cuyas características les convierten en fervientes fanáticos de cualquier lugar que les conecte con su pasado. A su alrededor se ha creado un negocio de souvenirs antiguos, (carteles de carretera, grifos de coca cola, cadillacs, entre otros), moteles, restaurantes y motos sacadas de “Easy Rider”. Y hamburguesas, muchas hamburguesas. ¿Como surge tanta fiebre por una simple carretera?
La ruta 66 no es una carretera más. Fundada en 1926, se convirtió en la primera vía pavimentada de Estados Unidos en 1938, por lo que consecuentemente se convirtió en la única vía rápida existente para atravesar Estados Unidos desde Chicago a Los Ángeles. Debido a tal privilegiada situación, su asfalto ha contemplado tanto las migraciones masivas hacia el oeste de granjeros durante la gran depresión, como las caravanas de coches en pos del sol de California durante los años 50 y 60. Por fortuna, algunos de los tramos de carretera con sus moteles y gasolineras anexos siguen intactos a día de hoy en el estado de Arizona, formando un microcosmos en el que el visitante se siente un viajero en el tiempo.
La forma más sencilla de explicar la sensación que experimenta uno al disfrutar de algunos de los pueblos más conservados de la ruta 66, como Seligman, Williams o Kingman, es recordar al lector la película “Regreso al Futuro”. En el momento en el que Marty McFly regresa a los años 50 y entra en un antiguo “diner” donde encuentra a su joven padre, podría estar adentrándose perfectamente en algún restaurante sacado de una carretera de Arizona. Por fortuna, un local similar existe actualmente en Seligman y está regentado por los amables Frank y Lynn, una pareja que recibió la llamada de la ruta 66, abandonando sus trabajos y comprando un antiguo edificio de correos del siglo XIX en el que ofrecen los mejores cafés expressos de la zona. “Vienen muchos europeos”, – ríe Lynn, – “y no soportan el café aguado americano”.
La ruta 66 se sitúa a escasas millas del Cañón del Colorado, por lo que volar a Phoenix, o a Las Vegas son las opciones más prácticas para disfrutar de un espectacular “dos por uno” en el mismo viaje. El alquiler de un coche es esencial, aunque si tienes carnet de conducir de motos agradecerás alquilar una Harley Davidson para cruzar América con estilo (y tragando moscas, ya que el casco completo no es obligatorio), por ejemplo en la sucursal en Phoenix de www.azfuntimerentals.com.
¿Por qué no aprovechar la ocasión para conducir unas horas más hasta el fin de la ruta 66 en Los Ángeles y bañarse en el océano Pacífico?
David Vuelta es un analista financiero y abogado cuya pasión por viajar sin duda deriva de los numerosos vuelos a través del Atlántico que realizó incluso antes de nacer. Actualmente malvive viajando menos de lo que desearía.





