EEUU+ España + Caribe = Puerto Rico.
El paso del tiempo ha conseguido que una isla colonizada por España pase a ser “made in USA”. Sin embargo Puerto Rico aún conserva su carácter propio, por lo que es hora de ponerse las pilas y conocer mejor a la memorable “isla del encanto”.
Puerto Rico es un estado libre asociado a Estados Unidos, que a efectos prácticos actuales viene a significar ser una colonia norteamericana. Una vez superado el trámite con el cauteloso agente de inmigración, ya puedes dirigirte a San Juan, capital de la isla, para lo que primero tendrás que atravesar el puente Teodoro Moscoso, donde una bofetada de aire caliente y kilómetros de banderas norteamericanas y puertorriqueñas te darán la bienvenida.
La vida y la agitación se concentran en la capital durante el día, el plan perfecto consiste en caminar sin rumbo entre las calles del Viejo San Juan, perderte entre sus cuestas y multicolores casas coloniales. Cuando el calor y la sed aprieten, es hora de ir a refrescarse y entrar en contacto con los lugareños.
Los puertorriqueños en general son de carácter abierto y con un gran sentido del humor, el sueño de cualquier viajero con ganas de adentrarse en la cultura local. Tras poco tiempo, descubrirás que inevitablemente toda conversación acaba desembocando en el deporte nacional: la política.
Los partidarios de integrar a la isla como un estado más de EE. UU., frente a los que desean preservar la identidad propia de la cultura de Puerto Rico ante el proceso de americanización, tienen fraccionada ideológicamente a la isla en dos partes prácticamente iguales. Ambos bandos siempre están dispuestos a poner humor y bastante picante en la batalla dialéctica. ¡Qué gran entretenimiento para el que mira los toros desde la barrera!
Tras el interesante intercambio cultural, es hora de fijar un destino. Es entonces cuando todos los caminos llevan al mismo lugar: El Castillo de San Felipe del Morro. Esta fortaleza costera, aguantó heroicamente una vez tras otra, los envites marítimos de ingleses, holandeses y franceses. Palpando sus murallas, sus torres, sus cañones, y la vista puesta en la inmensidad del mar, se pueden revivir las batallas que allí tomaron lugar. En 1898 España perdió su paraíso en favor del todopoderoso “Tío Sam”, poniendo así capítulo final a más de 400 años de españolidad de la isla.
Por la noche, el Viejo San Juan es música y baile, desde la salsa hasta el reggaetón, pasando por supuesto por el último superventas en EE.UU. Curioso es el caso del reggaetón, que hoy día crea furor entre los más jóvenes, cuyas letras controvertidas y baile explícitamente provocador, conocido como “perreo”, es capaz de conseguir que una película para adultos parezca una misa. Todos los estilos tienen cabida, pero la mención especial es para la salsa, reina de la noche y auténtica pasión nacional, que ha llevado a la isla a exportar a los mejores salseros por todo el mundo.
A buen seguro que tras habernos empapado de historia, política y buena música, apetece un día de relax bajo el sol y una palmera. Lo tienes fácil, cerca del área metropolitana, encontrarás multitud de playas que reúnen estas características, donde podrás bañarte en un mar sosegado, templado y de múltiples tonalidades. Si se dispone de transporte propio, la idílica playa de Luquillo se encuentra a 45 kilómetros al este de San Juan, llévate una toalla para tumbarte y otra para limpiarte, ¡por si se te cae la babilla!
Nada haría pensar que justo a las espaldas de esta playa, a tan sólo un paseo en coche entre las montañas, se encuentra el lluvioso Parque Nacional de El Yunque. Es impresionante verse envuelto en este bosque húmedo tropical, la exuberante vegetación, sus suaves colinas, sus fríos riachuelos y las cascadas. Esta es la casa del coquí, una simpática ranita autóctona, que se ha convertido en símbolo nacional. Esto se debe a su peculiar cantar, que pone música a las noches con un sonoro “co-quí” y que se puede escuchar en toda parte a través de las distintas especies que habitan por toda la isla. Además, este animal está muy dentro del corazón y la cultura de los puertorriqueños, ya que sólo puede vivir dentro de la geografía de la isla. De ahí viene el lema nacional “yo soy de aquí, como el coquí”.
Si tras la playa de Luquillo y el paseo por El Yunque, te has quedado con ganas de más, en la pequeña isla de Culebra está lo que buscas. Para llegar, tendrás que salir desde el puerto de Fajardo, en el extremo nororiental de la isla. Allí tomar un ferry de 50 minutos, a través de aguas cristalinas, con diminutas islas y sus respectivas palmeras salpicando todo el paisaje.
Pese a lo idílico del trayecto, el fuerte traqueteo del ferry rompiendo contra las olas, es capaz de revolver el estómago más duro, pero no te preocupes, a la llegada al puerto de Culebra, tras dos minutos en tierra firme, todo vuelve a su sitio. Es hora de tomar un taxi, y decir “A Flamenco Beach, por favor”. Diez minutos más tarde, estarás en la postal que tenías en mente. Se trata de una playa solitaria, de mar pintado con todos los azules, de finísima arena pálida, donde las pequeñas tortugas, los peces de colores y el silencio vagan a sus anchas.
“Sobre la arena, el mar caribe al frente, cierro los ojos, viajo en el tiempo, una embarcación se aproxima en el horizonte, y con ella a bordo, las almas estremecidas de aquellos colonos españoles que desembarcaron la isla, junto a Cristóbal Colón, 19 de Noviembre, 1493”.
Juan Contreras es un autoproclamado psicólogo loco por los viajes, contador de historias y experto en nada.





