El paraíso “Parati” y para cualquiera.

Al sur de Brasil y bañado por el océano atlántico, a medio camino entre Sao Paulo, la jungla del cemento, y Río de Janeiro, la jungla del desenfreno, encontramos un pequeño oasis colonial que se desmarca de sus vecinas. Un lugar diseñado y llamado Parati.

Hasta que no se consolide mi teoría de que la etimología del nombre de esta población se debe a un indio visionario que siglos atrás ya tenía nociones de marketing turístco y denominaciones con gancho, habrá que aceptar la versión oficial, que aunque sea menos imaginativa, seguro que es respaldada por más hechos históricos.

En la época del descubrimiento de Brasil, los indios que habitaban estas tierras llamaban al lugar Paratii, que significaba río de la lisa blanca, en honor al desove que hacían estos peces río arriba durante el “invierno”. Los primeros jesuitas que estudiaron esta lengua, tenían la costumbre de cambiar la dupla de la letra “ii” por la “y”, pasando entonces el nombre de este lugar de Paratii a Paraty, sin embargo el nombre Parati también es aceptado en la actualidad (aunque es mirado con recelo por los estudiosos más puristas).

Esta ciudad, aguja llena de historia en el pajar del nuevo continente, es muy antigua para los estándares sudamericanos, fue ya poblada a mediados del siglo XVI, teniendo en su historia posterior inmediata periodos prósperos como punto estratégico para el transporte marítimo del oro primero y del café después. Sin embargo, a finales del siglo XIX nuevas rutas alternativas interiores y la abolición de la esclavitud (adivina quienes se encargaban de mantener prácticables los caminos) dejaron a Paraty en una situación de aislamiento terrestre que conllevó un declive económico y poblacional. Este aislamiento humano explica en gran parte el estado de conservación extraordinario de la parte colonial de la ciudad, que apenas ha sufrido cambios en los últimos 250 años.

Playa del Rancho en Parati.

Foto: Alê Santos

Tarde, e inevitablemente, la conexión por carretera acabó llegando, justo en el año 1954, a partir de entonces, una nueva etapa de prosperidad ha comenzado a tomar forma, esta vez relacionada con el turismo, y que ha devuelto a la ciudad el brío económico y demográfico.

El centro colonial está libre de tránsito, los paseantes sólo encontrarán eso, otros paseantes, como debe ser en un lugar al que se va a descansar. Si estos paseantes admiten un consejo, a las señoras aconsejar que dejen los zapatos de tacón en la maleta y a la maleta aconsejar que cuide sus ruedas, porque el antiguo e irregular empedrado, apodado por los lugareños como “pies de chiquillo” torturará a ambos.

Las viviendas todas blanquísimas, con puertas y ventanas pintadas de colores alegres se extienden en el mapa en forma de damero, es decir, en cuadrícula regular, dando uniformidad al conjunto y ayudando así a orientarse muy fácilmente por la ciudad, aunque a veces la denominación confusa de las calles y la numeración aleatoria de las casas no echan una mano.

En la actualidad, esta pequeña población, que cuenta con algo más de 30.000 habitantes, transmite tranquilidad y seguridad al visitante. Entre sus lugares de interés se encuentran diferentes iglesias levantadas en las épocas de esplendor, destacando la Igreja Nossa Senhora do Rosário e Sao Benedito dos Homens Pretos, construida en 1725 por los esclavos para su uso y disfrute, también encontramos la Igreja Santa Rita dos Pardos Libertos, que era destinada a mulatos libres y la Capela de Nossa Senhora das Dores destinada en aquel tiempo a la clase alta blanca.

Otro lugar de interés es el Forte Defensor Perpétuo, construido en 1703, se trata de una discreta fortaleza al norte de la ciudad que sirvió en su tiempo para proteger el oro procedente de Minas Gerais de los ataques piratas.

De las playas que pueden alcanzarse a pie, destaca Jabaquara, situada al otro lado de la colina que culmina el Forte Defensor Perpétuo descrito anteriormente. Si se dispone de más tiempo, en un paseo en autobús o taxi, se pueden visitar las magníficas playas de Trinidade o alguna de las cercanas cataratas que encontraremos selva adentro.

Parati, en Brasil.

Foto: Luiz Felipe Castro

Esta sublime ciudad colonial, madurada despacio como el buen vino, incita a experimentar las delicias culinarias locales. Los paladares más exigentes, encontrarán por doquier restaurantes finos, acicalados a la luz de las velas, románticos, que garantizan una velada perfecta, y seguro inolvidable para quien pague la cuenta. Para los que deseen recordar su cena (pero menos), también hay establecimientos modestos que ofrecen productos típicos a buen precio.

Tras la cena, lo ideal es descubrir uno de los abundantes y animados locales nocturnos de verano eterno, donde se podrá degustar la cachaza, un licor de azucar de caña típico del lugar. Comenzando un nuevo día, es obligatoria la visita en embarcación a la cercana península de Paraty. Si necesitas referencias, Américo Vespucio, figura a la que el nuevo contienente debe su nombre, la describió perfectamente así: “¡Oh Dios!, si hubiera un paraíso en la tierra, no estaría muy lejos de aquí”.

Como ves, la niña tiene padrino, y qué razón tenías Américo, en las proximadades de la península de Paraty encontramos unas 300 playas y hasta 65 islas, algunas de ellas tan diminutas, que harán las delicias de todos aquellos que soñaron ser Robinson Crusoe por un día. Por supuesto en una jornada sólo habrá tiempo de visitar algunas de estas playas, pero las hay para todos los gustos: clásicas de arena blanca y erguidas palmeras, con cascadas, con piscinas naturales, con paredes frontales de roca, con aguas repletas de peces multicolores y tortugas gigantes que mirar a los ojos con tus gafas de buceo, en fin, la lista sería casi interminable.

Al fondo de la escena todo lo rodean las montañas y laderas de frondosa selva, que pareciera avanzadilla amazónica que disputa cada centímetro de territorio con el atlántico hasta la mismísima orilla. En fín, continuar la descripción poco sentido tiene. Nuestro amigo Américo ya lo dejó muy claro (y con muchas menos palabras). ¡Américo, qué grande eres!

Juan Contreras

Juan Contreras es un autoproclamado psicólogo loco por los viajes, contador de historias y experto en nada.



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