Y dijo la gallina…”¿Pero es de día o de noche?”

¿Por qué los huevos fritos ya no saben a huevos fritos? ¿Por qué el tomate ya no sabe a tomate? Son preguntas que perfectamente podría incluir en el programa “Cuarto Milenio” su presentador Iker Jiménez. Sin embargo, al contrario de las historias de OVNIs y fantasmas que suelen amenizar su programa, la respuesta es dolorosamente obvia: Somos muchos.

La migración masiva a las ciudades, y el fuerte crecimiento demográfico producido en los albores del siglo XX crearon una situación peculiar. Hay que dar de comer a mucha gente que vive muy lejos del campo productor. La comida ha de llegar al supermercado en perfecto estado de conservación, (aunque haya que pintar con cera de color naranja las mandarinas para dar el pego), y es preciso producir más comida en menos tiempo. En mucho menos tiempo.

Y para ello hemos mirado con esperanza a la ciencia, gran aliada en este proceso: fertilizantes, hibridación y otras tácticas como la confusión horaria a la que se someten a las gallinas ponedoras para incrementar su producción, han permitido el estilo de vida actual, en detrimento de aquel sabor original de estos alimentos que tan sólo recordamos cuando milagrosamente alguna pieza sabrosa se cuela en nuestra nevera.

Esto es, por supuesto, en el mundo desarrollado. En numerosos países del globo, no existen ni los fertilizantes ni tan siquiera las gallinas. Demos pues las gracias por poder comer tomates, aunque ya no sepan a tomate.

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