Por qué la integración de extranjeros es inevitable.

La integración de los extranjeros recién migrados a un país siempre es un asunto espinoso y en ocasiones violento. Los irlandeses cuyos barcos atracaban en los puertos es Estados Unidos se topaban con un panorama desconcertante; en Irlanda no tenían nada que llevarse a la boca, y en Estados Unidos no les querían. Similares experiencias tuvieron los inmigrantes chinos en Australia, o sufren hoy a diario los subsaharianos que prueban suerte cruzando el Mar Mediterráneo.

Los miembros más extremistas de los países de recepción de extranjeros tienden a protestar duramente y fomentar actitudes xenófobas. Sin embargo, la medicina para lograr la integración es sencilla: Tres generaciones.

La primera generación llega a un país probablemente no muy amistoso con el animo de mejorar su (pobre) nivel de vida, no habla el idioma local correctamente, y mantiene sus costumbres y su forma de vestir. Su integración pasa simplemente por la subsistencia propia y la de sus descendientes.

Pero si se dan unos prerrequisitos como la escolarización obligatoria, la segunda generación hablará su idioma de origen pero también perfectamente el del país de acogida. Serán bilingües y comenzarán a relacionarse con los locales.

Y llegada la tercera generación, las costumbres de sus abuelos les resultarán anacrónicas y en ocasiones ridículas. Desecharán el 90% de las mismas y mantendrán solamente las más divertidas o emblemáticas, (léase San Patricio, o el fin de año chino, por ejemplo). No hablarán perfectamente su idioma de origen, (disgustando a sus abuelos), y sus redes sociales comprenderán casi en exclusiva relaciones con locales, que en el fondo son solamente antigüos inmigrantes ya asimilados por el país.

Porque todos descendemos de inmigrantes de algún tipo. Simplemente ocurrió hace más de tres generaciones.

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