Los “Mini-Guantánamos” de EEUU.
Olvidemos por un momento el estado de indefensión jurídica al que están sometidos los presos enclaustrados en la base norteamericana de Guantánamo. En cualquier aeropuerto de Estados Unidos encontraremos pequeñas salas en los que la humillación del viajero es practicada inpunemente por los empleados de inmigración del país, aparentemente bajo la supervisión complaciente de la entidad federal de turno.
- ¡Por favor, mantenga la calma! – grita el Agent Rodríguez. Su interlocutor, el viajero de negocios que llega tarde a una reunión en Nueva York y que tan sólo ha preguntado cuánto más tiempo tendría que esperar en la sala del letargo, se sienta de nuevo a ver pasar las horas. Y ya van tres horas desde que le pararon tras bajarse del avión sin comunicarle ni tan siquiera la razón de su cautiverio. Al parecer, no tienen ninguna salvo que llevar barba, ostentar un apellido similar al de un terrorista internacional, o hacer cualquier gesto “sospechoso” sea considerado como un poderoso indicio de que uno no es turista. Parece que sí.
En la cultura de la paranoia, los derechos civiles han perdido mucho terreno y esto es dolorosamente palpable en las puertas de entrada al país. Quizás todos los países deberían establecer un régimen de reciprocidad de humillaciones para los ciudadanos norteamericanos que desean entrar en sus territorios, en línea con lo que ya implementó Brasil. Aunque mejor olvídenlo. No queremos ser como ellos, ¿verdad?


