La inexplicable paradoja de la gasolina.
Durante el año 2008 hemos asistido perplejos a la imparable subida del precio del petróleo, que ha roto todos los records encaramándose a la barrera de los 150 dólares. ¿A quién no le ha tentado invertir todos sus ahorros para llenar la casa de barriles de Brent?
Alimentado por la especulación, este fenómeno no se ha visto topado realmente por la intervención estatal para frenar la espiral, y el bolsillo del ahorrador se ha resentido sin remedio. En un mercado en alza, la inversión en futuros del petróleo (esto es, contratos en los que se compra petróleo en un momento posterior al actual) es un negocio muy rentable. El problema consiste en que en tales contratos generalmente no se compra ni se vende nada, sino que se negocia sin subyacente y el petróleo no cambia de manos. Básicamente, como la bolsa, consiste en apostar a que el petróleo subirá de precio en un determinado plazo.
¡Sin embargo el petróleo no es la bolsa! El petróleo es el combustible que nos lleva al trabajo, es la luz que emite la bombilla al encenderse. Es un bien necesario y que repercute rápida y demoledoramente sobre nuestra cartera. Y la especulación debería limitarse por las autoridades.
Por si no fuera suficiente, entran en escena las empresas distribuidoras de gasolina, vendiendo el combustible a precios sospechosamente similares entre si, y (presuntamente) aumentando en bloque los precios con cada mínima escalada del crudo. En cambio, las rebajas de precios no encuentran traslado a los precios que se nos aplican con relativa impunidad. Por fortuna, en este último punto encontramos una tardía aunque necesaria acción oficial, con la creciente presión del Ministerio de Industria sobre las petroleras, y la investigación del Tribunal de Competencia por un posible pacto en los precios.
Y por supuesto está la OPEP…Pero esa es otra historia.


