Hasta el moño, Sarah Palin.

Mucho se ha escrito en los últimos días acerca de la aspirante a vicepresidenta de los E.E.U.U., Sarah Palin, pero en gran medida se ha centrado en lo insustancial. Su llamativo moño ha sido motivo de debate hasta la saciedad en los círculos periodísticos, a pesar de su obvia intrascendencia. Se ha llamado la atención sobre el uso político que realiza de sus numerosos hijos, utilizados como baluartes de un nuevo feminismo extrañamente antiabortista. Su pensamiento político regresivo, con amenazas veladas a Rusia que despiden un claro aroma a guerra fría, y su inexperiencia política para enfrentarse a la gestión de crisis heredadas de la administración Bush, han marcado las críticas durante esta primera fase de la carrera presidencial de McCain.

Sin embargo, nada de esto es nuevo en la política norteamericana. Lo que realmente debería aterrorizarnos es el hecho de que tramitó su primer pasaporte en el año 2006 y que su primer viaje a otro continente lo realizó en el año 2007. Este hecho es un poderoso indicio de desconocimiento de la aspirante respecto de las relaciones exteriores y de la realidad de culturas ajenas a la suya. Y esto asusta. Es absolutamente imperativo que las relaciones con países extranjeros de la mayor economía del planeta estén regidas por la sabiduría y la tolerancia, con el fin de defender sus intereses nacionales sin provocar desgarros en las costuras internacionales. El mundo no necesita más guerras frías.

Por desgracia, esto enlaza con una gran realidad del electorado norteamericano; el votante medio adora sentirse representado por una persona similar a ellos mismos. “Ella gobernaría como lo haría yo”, es una frase que se ha oído recientemente. Mientras que en Europa generalmente se pretende que los gobernantes estén más capacitados que los ciudadanos de a pie, en Estados Unidos a aquéllos candidatos cualificados se les tacha de “intelectuales” y se les acusa de no tener contacto con la realidad de la población, como si la intelectualidad fuera un crimen punible con la abstención. El presidente ideal para una porción enorme del país es una persona campechana y corriente, de fundamentos cristianos sólidos y que coma pavo con su intachable familia en el día de acción de gracias. Por desgracia el mundo es un lugar tan complejo que no se arregla meramente sabiendo trinchar un pavo.

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