En la rueda del hámster.

Un buen día, alguien decide que vas a nacer. Poco después de la buena noticia, inadvertidamente, comienza a rodar la rueda del hámster. “Ojalá sea médico” – comenta la tía abuela del bebé. La madre sonríe confiada porque sabe que su bebé tiene el potencial del padre.

Años más tarde comienza la escuela. “Yo seré astronauta” – con su inexperta voz comenta un amigo, – “pues yo voy a ser luchador profesional como en la televisión”. Cierto es que en esta fase, la televisión juega un papel fundamental, que será moderado por los padres y otras influencias futuras. Quizás en el instituto descubras un talento para la música o para la pintura, ¿pero qué salidas profesionales podría tener esto? Mejor ni decírselo a tu familia.

Al terminar la escolarización obligatoria, si tu familia tiene recursos económicos, irás a la universidad. Nadie discute esto, ¿qué otra cosa podrías hacer con todo ese potencial? En el fondo, quieres tener un trabajo que te dé un buen sueldo, por lo que estudias ingeniería, medicina, derecho, económicas…Y la rueda del hámster da una vuelta más.

La carrera acaba y llega el momento que esperabas, la vida laboral. Llevas 20 años de educación para alcanzar esta meta, tus padres están orgullosos de ti y te ajustan la corbata para tu entrevista de trabajo. Eventualmente alcanzas el soñado puesto para el que llevas una vida estudiando. Trabajas 10 horas al día en “algo importante”. Sin embargo algo falla y tu objetivo de tantos años no te llena. Imposible, ¿no era esto lo que deseabas ser desde que eras un niño? “Paren el mundo que me quiero bajar” – piensas ingenuamente. Pero la carga de la hipoteca te lo impide.

Y un día te das cuenta de que tenías que haberte escuchado a ti mismo. Las expectativas que se tenían de ti han vivido tu vida. Y a ti sólo te quedan los fines de semana.



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