24 horas en el caos de Marrakech.

Cobras danzarinas, saltimbanquis y puestos de comida. Ninguna inmersión en las calles de Marrakech sería completa sin vivir de cerca el imparable trasiego de la plaza Jemaa El Fna. Y un turista avispado hará un máster gratuito en regateo.

Dijo el escritor Paul Bowles que sin Jemaa El Fna, Marrakech sería una ciudad cualquiera. Y no le falta razón. La ciudad rosa atesora en su intrincada geografía urbana un par de hitos arquitectónicos y artísticos importantes, pero en comparación con otras medinas como Fez o Mequinez, sólo el carisma de ese hueco practicado casi sin querer otorga a la ciudad su personalidad. Sin Jemaa El Fna, ciertamente, Marrakech sería una ciudad cualquiera, pero Jemaa El Fna existe y condiciona, de manera determinante, todo su paisaje urbano y humano. Es un hito al que se llega y por el que se pasa varias veces al día en el tránsito cotidiano. Los principales zocos se encuentran en sus inmediaciones y las pocas vías que podrían llamarse calles en esta maraña de pasadizos de atormentada traza parten o desembocan en ella.

El nombre de Jemaa El Fna significa ‘Asamblea de los Muertos’, ya que era el lugar donde se exhibían, para escarmiento de futuribles delincuentes, las cabezas de los ajusticiados. Hoy, la plaza rebosa vida durante todo el día con una actividad cambiante que tiene una gran cantidad de registros; un atractivo más que invita a pasar por aquí a diferentes horas para ser testigos del cambio.

Foto: José Jiménez

Mañana de la serpiente.- Se anima la mañana después del desayuno. La plaza no está nunca completamente vacía, aunque de madrugada el trasiego de gentes y mercaderías se convierte en goteo. Tras la primera llamada a la oración, empieza la ciudad a recuperar su ritmo frenético. Pero aún faltan horas para que la plaza se convierta en un hormiguero humano. No es un mal momento para observar como llegan los primeros inquilinos cómodamente sentados en alguna de las terrazas que bordean la ‘Asamblea de los Muertos’. Un desayuno con té y crepés con mantequilla y miel desde el ‘Glacier’ o el ‘Café de France’ sirven para ver llegar a los aguadores vestidos de colores chillones o para observar las primeras contorsiones de las cobras negras del Atlas bailando al ritmo de las gaitas.

Zumos para combatir el calor.- Uno puede aprovechar la mañana para visitar la cercana Koutubia (literalmente ‘Mezquita de los libreros’) y ver, desde fuera (si no se profesa la religión del Profeta), el elegante alminar almohade que inspiró otras obras maestras como La Giralda de Sevilla o la ‘Torre de Hasan’ de Rabat. También se puede tomar una de las calesas que paran en la Plaza de Focauld y recorrer las murallas hasta los jardines de Menara. Si optas por perderte por los zocos, no es mala idea hacer un par de incursiones a Jemaa El Fna para beber un zumo de naranja recién exprimido en alguno de los carros que se colocan estratégicamente en la plaza. Los puestos de hierbas medicinales están en plena actividad y las letanías de los encantadores de serpientes se mezclan con las voces de los saltimbanquis, las campanas de los aguadores y los estridentes y agudos gritos de las tatuadoras de henna.

Un descanso tras la sobremesa.- A media mañana no es mala hora para hacer una pequeña incursión por el sur de la ciudad y dejarse asombrar por la sobriedad de Bab Agnaou (Puerta de los carneros sin cuernos), el lujo de las Tumbas Saadíes o la grandiosidad desnuda de el palacio El Badí (el incomparable). Desde la Plaza de Ferblantiers parten las calles El Kedim y El Jedid, arterias comerciales que conectan los barrios meridionales con Jemaa El Fna. Ofrece la ‘asamblea’ restaurantes para todos los gustos y presupuestos donde probar el Tajine (carne especiada, verduras y frutas que se cuecen en ollas cónicas), el Cous Cous o la contundente sopa Harira. La vida de la ‘Asamblea de los Muertos’ se ralentiza a la par que llegan nuevos inquilinos cargados con mesas y bancos. Las serpientes están agotadas después de varias horas de danza sin descanso y apenas asoman sus pequeñas cabezas por el borde de los cestos. Han pasado el día a la sombra, pero a estas horas de la tarde las fuerzas empiezan a flaquear al igual que el número de curiosos y turistas.

Cobra en Marrakech

Foto: Hadley Coull

El té de media tarde.- Las terrazas que rodean Jemaa El Fna permiten la posibilidad de ser espectador y abandonar el papel de actor protagonista. A ras de suelo, el turista es parte del juego. Deberá decir La Sukram (no, gracias) a los mendigos; a los vendedores; a los aguadores; a los últimos encantadores de reptiles que le echan a uno encima las cobras negras ofreciendo una instantánea exótica… Los pocos dirhams que cuesta tomar un té en alguna de las terrazas que permiten ver el circo desde las alturas son una frontera infranqueable para la gran mayoría de la población local. Al calor del té de media tarde, puedes ver como los burros tiran de pesadas carretas que cargan con los puestos de hierbas. El tráfico, siempre caótico pero milagrosamente inofensivo, ocupa una calle imaginaria en el extremo sur de la plaza. Los puestos que ocupan el centro van tomando forma y se cubren de toldos coloristas mientras el sol va declinando tras la Koutoubia.

Cuentacuentos y salchichas de cordero.- La última llamada a la oración calma los ánimos. Por un momento, el ruido ensordecedor del tráfico y la música que inunda todos los rincones del enorme hueco irregular bajan su intensidad para dejar circular con claridad las palabras del Muhecín. A estas horas, los puestos de comida se han adueñado del lugar lanzando densas columnas de humo con aroma a especias y carne asada. Jemaa El Fna se convierte en un restaurante en el que los camareros intentan captar a sus clientes con promesas de excelencias culinarias sin par. Es la hora de tomar salchichas, cous cous, cabezas de ternera, pescado frito, berenjenas… En el extrarradio de este comedor los curiosos se arremolinan ante farolillos de gas a cuya luz se tejen historias de héroes y princesas al ritmo de músicas orientales. Mendigos danzarines, combates de boxeo y tahures de los más diversos juegos completan el cuadro.

La ciudad bosteza.- Es tarde y Jemaa El Fna empieza a despejarse. Aún hay gente en los puestos de comida pero la actividad decae. Es la oportunidad de encontrar una ganga de última hora entre los vendedores, demasiado cansados como para entregarse a regateos difíciles. Es el momento de visitar las tiendas de lámparas que lanzan destellos de mil colores a la oscuridad de los callejones que parten de la plaza hacia los rincones más recónditos de la medina. Tampoco es mala idea refugiarse en los salones de Terrases de la Alhambra para probar los mejores dulces de la ciudad y tomar ese último té mientras se pone orden a las sensaciones que nos han aturullado a lo largo del día. Y fuera, con la madrugada rondando, Marrakech bosteza mientras sus calles van perdiendo la vitalidad del día. Pero sólo bosteza, porque a la hora que el turista se refugia en la comodidad del hotel o la sensualidad del Ryad, aún habrá quien le ofrezca el último bocado o la última oportunidad de comprar; porque Marrakech, aunque se mueva perezosa cansada por el trajín de la jornada, no duerme nunca.

José JiménezJosé Jiménez es un periodista grancanario especializado en información política, aunque por suerte para nosotros, también consumado viajero y escritor de viajes. Escribe regularmente en su blog.



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